PUÇOL VCF I PROU

PEPE CLARAMUNT

Un Punto De Vista

   Fiquem açi un articul de "Rafa Lahuerta" publicat a "Las Provincias" el dumenge 31 de gener, i tame al blog "Ultimes Vesprades a Mestalla". Val la pena llegir-ho, no te desperdici. Com sempre genial Rafa.

Un Punto De Vista

Entiendo la fanfarria de la ilusión y el dinero. Mueve el mundo que nos atrapa. Expone en el escaparate una colección de niños cantantes, niños cocineros, niños futbolistas y adultos infantilizados. Con su perversa capacidad  galvaniza un lenguaje optimista del que es muy difícil escapar. Como lugar común es imbatible. Walt Disney dio en el clavo. La ilusión. Recuerdo cuando se puso de moda la palabra. Fue en la frontera temporal que acabó con el viejo fútbol, el de las generales de pie, los campos embarrados y la liturgia de los naranjazos a todo lo que se movía. No digo que aquello fuera mejor pero constato el cambio de paradigma.


Hasta entonces, y más allá de la ilusión que afloraba tras un buen comienzo de campeonato, el gran estandarte era la militancia. La militancia tenía vocación espiritual. Uno iba al fútbol y aprendía lo que de verdad importa. Apenas tres cosas, pero amigo, qué tres cosas: la paciencia, la autogestión del fracaso, el amor por las imperfecciones.

Yo detestaba el fútbol  pero amaba al Valencia. Detrás del Valencia estaba la historia de mi familia, su arraigo en la ciudad, el empeño lúcido por preservar aquella magia que casi nunca acababa bien. Lo que vino después ya lo sabes. Fue un proceso lento pero imparable. La sociedad se futbolizó en sus parámetros más enfermizos y el fútbol se mercantilizó hasta la nausea. Nadie se libró. Ni siquiera el pueblo de Mestalla y sus colas para vender acciones; que anularon, por defecto, el viejo recuerdo de aquel otro Mestalla que en los descansos de los partidos aplaudía las recaudaciones como ejemplo de compromiso y  lealtad institucional.

La mercantilización abusiva generó un nuevo escenario. La maquinaria del espectáculo arrasó con la moderación.  Hubo años en que las plantillas del Valencia parecían confeccionadas para premiar a los buitres. Casi nadie quería asumir que detrás del despilfarro se escondía la ruina. Nadie en la entidad se preocupó por sostener una cultura de club que alimentara un discurso sostenible sin poner todos los huevos en el cesto de la ilusión y su trampa. La ilusión, conviene decirlo, es un concepto sobrevalorado. Es lo más parecido a un contrato comercial. Genera la sospecha del intercambio obligado: te doy porque espero algo de ti. Eso no es ni amor ni fe, es comercio. Alimenta, de forma subterránea, la desconfianza entre equipo y afición. Esa desconfianza debilita al club que carece de un proyecto sólido. Bajo la bandera del yo pago, yo exijo se prioriza un graderío de clientes y no de irreductibles.  Arrinconado el vínculo sagrado  surge la desafección y el inevitable Aneu a fer la mà cuando el equipo se muestra vulnerable y frágil. Demasiadas veces, La ilusión se transforma en desilusión. La manera de frenarla suele ser una nueva huida hacia adelante que enquista el problema pero no lo soluciona.

Al Valencia, la jugada del fútbol moderno le ha salido muy cara. Le ha pillado en tierra de nadie, entre la élite y el pelotón de los supervivientes. Tenemos todos los defectos de los más grandes y ninguna de sus virtudes. Por no tener ni siquiera tenemos la humildad de comprender que sólo somos competitivos cuando nos fajamos en el barro. Nos cuesta mucho aceptar al futbolista modesto pero ejemplar que es tan necesario para armar equipos comprometidos. No hay autocrítica a nivel de club, sólo ataques y trincheras. Buena parte de la afición se victimiza porque la milonga capitalista de el cliente siempre tiene razónactúa como escudo y justificación. Muchos medios mantienen ese tono. Las frases hechas destilan una indigencia intelectual que a veces abochorna: el público es soberano, la millor afició del món, quién paga manda. Trampas. Son frases que, analizadas a fondo, ofrecen un profundo desprecio por el club y sobre todo por la afición, convertida, a efectos, en masa amorfa e irresponsable, que se mueve por impulsos y sin medir realmente la trascendencia de lo que está en juego. Así hemos vivido. Atrapados en un discurso líquido y tramposo, confiados en ese todo vale mientras alguien pague, aunque ya no quede nadie que pague y el futuro dependa de un señor de Singapur a quién hemos de creer por pura superchería. El mal viene de lejos.

El club ha vivido con pánico a su propia afición cuando lo que tocaba era hablar claro, asumir la realidad, volver a empezar. Era el momento para comprobar si éramos clientes o irreductibles. Era el momento de poner la ilusión en un segundo plano y priorizar la militancia. Primó el miedo y la arrogancia. Igual se hubieran sorprendido. El Valencia tiene muchos irreductibles pero apenas hacen ruido. El irreductible acepta no jugar Champions 4 ó 5 años, incluso 20, si con ello se garantiza una supervivencia digna para la entidad.

Servidor, ingenuo como tantos otros, sigue pensando en el Valencia como algo propio, como una herida que no deja de sangrar por muy ridícula que parezca la militancia futbolera a ojos de un mundo que todo lo compra y todo lo vende. Imagino que debí borrarme hace años pero no puedo. No sirvo para cliente, soy irreductible. Lo trascendente es estar en Mestalla cuando se supone que no hay motivos para ir. No me mueve la ilusión anticipatoria, me mueve la militancia. No exijo milagros; sólo entrega, compromiso, respeto. Acepto que el fútbol es imprevisible, injusto, caprichoso y que lo habitual, como en la vida, es fracasar y levantarse; volverlo a intentar. No necesito que nadie me inyecte ilusión. La ilusión la pongo yo. Esa es mi obligación como soporte moral del club. No soy espectador, no soy público, no soy cliente. Soy Mestalla. Formo parte del club, no estoy fuera del club. No me quieran infantilizar. No lo acepto.

Ni tú ni yo podemos marcar goles pero estamos en la obligación de salvaguardar lo único que le queda al Valencia CF para no ser definitivamente fagocitado. No es tiempo de cobrarse facturas. El pasado reciente del Valencia es una lágrima encadenada de la que nadie sale indemne. Pero o nos anclamos en la grada con espíritu numantino o nadie lo hará por nosotros.

Amar al Valencia, aquí y ahora, es llenar Mestalla y crear un clima propicio que inyecte a la entidad  determinación, apoyo y compromiso.

Todo lo que no hay en el campo debe ponerlo la grada para que la propiedad entienda el mensaje y se deje de experimentos. No es el dinero ni la gloria lo que nos hizo del Valencia. Lo que nos hizo del Valencia es la profundidad memorable que te eriza la piel. Esa pasión amigo, esa pasión. Esa pasión que te habla al oído es lo más puro que queda en ti, en mi, en todos nosotros. Esa ingenuidad, que en nada tiene que ver con el infantilismo, es la gran esperanza para un Valencia mejor. No te dejes atrapar por el cinismo, la amargura o el hartazgo.

A veces, casi siempre, lo más urgente es saber tener paciencia. Y la paciencia, como la generosidad, no tiene límites. La paciencia no es una carta blanca ni es el disfraz del conformista. La paciencia es la base, el respeto por las raíces, el poso necesario para que no prendan ni la manipulación ni el arribismo. La paciencia ahuyenta a los trileros porque no da pie a la política suicida del despilfarro y la falta de compromiso. La paciencia alimenta la solidez. El trabajo bien hecho y la discreción no alimentan el morbo. Y ese es posiblemente el gran enemigo del Valencia desde hace años, la falta de sobriedad.

Hay que tirar de este equipo tan poco convincente para salvar al club, lo que supone el club, lo que representa el club, lo que es el club. Esa es la exigencia que vale. La que madura ante las dificultades y afronta los retos con responsabilidad compartida, la que no se borra porque el equipo se ha convertido en un ente extraño y descorazonador.

Cada vez que el Valencia ha querido ser algo que no es ha sucumbido con estrépito. Mestalla, el Mestalla que alimenta la filosofía todavía viva del viejo Valencia de Puchades siempre fue todo lo contrario.  Resistencia, solidez, humildad. Parece que ese mito ya no puede volver, pero sí algo enseña la historia del Valencia es que siempre regresa cuando se levanta la bandera del compromiso, la paciencia y la generosidad.


Rafa Lahuerta Yúfera

Socio del Valencia CF 

About Author Mohamed Abu 'l-Gharaniq

when an unknown printer took a galley of type and scrambled it to make a type specimen book. It has survived not only five centuries.

Start typing and press Enter to search